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Resiliencia: el arte de mantenerse reconstruirse después de la adversidad


La resiliencia no es un estado permanente ni una forma de perfección emocional. Se trata de un proceso dinámico que involucra factores biológicos, psicológicos, sociales y culturales.


En las últimas décadas, el impacto del estrés sobre la salud física y mental se ha convertido en una preocupación creciente a nivel mundial. Millones de personas viven actualmente con algún trastorno de salud mental, siendo la depresión y los trastornos de ansiedad los más prevalentes. El estrés crónico se encuentra entre los principales factores que contribuyen al deterioro del bienestar psicológico.

En Chile, muchas personas conviven a diario con síntomas asociados a trastornos de salud mental, principalmente depresión y ansiedad. La vida cotidiana se vuelve difícil: funcionar, trabajar, compartir con otros o disfrutar de los momentos simples se transforma en un desafío. La vida pierde esa cualidad hermosa de plenitud, se aleja de lo que entendemos como felicidad y vivimos en alerta constante, sin lograr disfrutar plenamente de los momentos presentes.

En este contexto surge una pregunta importante: ¿cómo podemos valorar e incluso disfrutar de las cosas buenas de la vida en un mundo que muchas veces se vuelve adverso, que nos pone a prueba constantemente y en el que debemos sobreponernos a dificultades, frustraciones e incluso experiencias traumáticas?

El psiquiatra y neuropsiquiatra francés Boris Cyrulnik (2003) nos habla de “la capacidad de un ser humano para desarrollarse y proyectarse en el futuro a pesar de haber vivido acontecimientos desestabilizadores o traumáticos”. Estamos hablando de la resiliencia: la posibilidad de sobrevivir mentalmente a la adversidad, manteniendo los sueños, el deseo de vivir, de amar y de continuar construyendo sentido.

La resiliencia nos recuerda que el simple hecho de estar vivos siempre abre la posibilidad de reinventarnos. Es una capacidad que todos podemos cultivar en distintos momentos de la vida.

En términos generales, la resiliencia puede entenderse como la capacidad de adaptarse, recuperarse y continuar desarrollándose frente a situaciones adversas, traumáticas o altamente estresantes. En este sentido, Ann Masten (2001) la define como “un proceso dinámico que implica adaptación positiva dentro de un contexto de adversidad significativa”, y la describe como una forma de “magia ordinaria”, es decir, procesos adaptativos normales presentes en la mayoría de las personas.

La resiliencia es el resultado de la interacción entre diversos factores protectores individuales, familiares y sociales. Algunos de estos factores no dependen de nosotros, pero muchos otros pueden desarrollarse a lo largo de la vida. Como plantea Michael Rutter (2012), la resiliencia es un proceso dinámico influido tanto por nuestras características personales como por el entorno en el que vivimos y nos desarrollamos.





La resiliencia tampoco significa felicidad constante. Más bien representa la capacidad de convivir con los distintos matices de la vida, incluyendo el dolor, sin perder la posibilidad de reconstruir el sentido.



Si bien la resiliencia no implica ausencia de dolor ni fortaleza inquebrantable, sí nos permite relacionarnos de otra manera con las experiencias difíciles. Las experiencias traumáticas dejan huellas en la vida de las personas; sin embargo, con resiliencia podemos dejar de quedar atrapados en el sufrimiento del pasado e integrar esas experiencias dentro de nuestra historia personal sin que estas definan completamente nuestro futuro. Incluso podemos aprender a protegernos mejor frente a experiencias similares en el futuro.

Una metáfora que ilustra esta idea señala que si a una montaña le arrojan piedras, no se destruye: se vuelve más montaña. De la misma manera, aunque no podamos cambiar las experiencias vividas, sí podemos transformarlas en fortalezas, generando aprendizajes significativos.

En este sentido, como señala Viktor Frankl (1984), la capacidad humana de encontrar sentido incluso en circunstancias profundamente dolorosas constituye uno de los recursos más poderosos para enfrentar el sufrimiento.


Ser resiliente no significa evitar el sufrimiento, sino aprender a atravesarlo sin que este destruya la capacidad de seguir viviendo con sentido. A veces implica pedir ayuda, reconocer los propios límites o buscar apoyo terapéutico.


Durante las últimas décadas, la resiliencia ha sido ampliamente estudiada desde distintas disciplinas, incluyendo la psicología del desarrollo, la neurociencia y la psiquiatría.

Uno de los estudios longitudinales más influyentes fue realizado por Emmy Werner y Ruth Smith (1992) en la isla de Kauai. Esta investigación siguió durante más de treinta años a un grupo de niños expuestos a condiciones de alto riesgo social. Los resultados mostraron que aproximadamente un tercio de estos niños logró desarrollarse de manera saludable, a pesar de las adversidades. Entre los factores protectores identificados destacaban la presencia de al menos un adulto significativo, el apoyo comunitario y las oportunidades educativas. De alguna manera, incluso en contextos adversos, es posible encontrar referentes o vínculos que nos permitan apoyarnos y seguir adelante.

Desde el punto de vista neurobiológico, el organismo responde al estrés a través del sistema neuroendocrino, especialmente mediante la liberación de cortisol, una hormona que prepara al cuerpo para reaccionar ante amenazas a través del mecanismo de lucha o huida. En condiciones normales, el cerebro es capaz de regular esta respuesta una vez que la amenaza desaparece.

Sin embargo, también se sabe que existen ciertos factores genéticos que pueden influir en la regulación del estrés. Estudios como los realizados por Binder et al. (2008) han demostrado que variantes del gen FKBP5 pueden alterar la regulación del sistema del estrés, aumentando la vulnerabilidad frente a trastornos como la depresión o el trastorno de estrés postraumático.


“Nadie se vuelve resiliente en soledad; la resiliencia surge dentro de una red de vínculos que permite reorganizar la experiencia traumática.” Cyrulnik (2003),

Aun así, la biología no determina completamente nuestro destino. Las experiencias ambientales pueden influir en la expresión genética. Podemos aprender a cuidarnos, buscar entornos protectores y desarrollar recursos psicológicos que favorezcan nuestro bienestar. En este sentido, las relaciones afectivas seguras, el apoyo social, la psicoterapia, la meditación y las prácticas de autocuidado contribuyen de manera significativa a modificar la respuesta del organismo frente al estrés (Kalisch et al., 2017).

Otra capacidad que podemos desarrollar es la autoeficacia, concepto propuesto por Albert Bandura (1997). La autoeficacia se refiere a la convicción de que somos capaces de lograr objetivos y de influir en los resultados de nuestra vida.

Cuando las personas perciben que no tienen control sobre su entorno, puede aparecer lo que Martin Seligman (1975) denominó indefensión aprendida, una condición psicológica caracterizada por la sensación de impotencia frente a las dificultades, donde se instala la idea de que, hagamos lo que hagamos, nada cambiará.

Por el contrario, cuando las personas reconocen sus capacidades, valoran sus logros y comprenden que pueden influir en distintos aspectos de su vida, aumenta su capacidad de adaptación frente a las adversidades y se fortalece la posibilidad de construir una vida más satisfactoria.






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