Trastorno de Tics Funcional en niños: comprender el problema es el primer paso para la recuperación
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Cuando un niño comienza a presentar movimientos o sonidos repetitivos e involuntarios, es natural que la familia se preocupe. En algunos casos, estos síntomas corresponden a un Trastorno de Tics Funcional (TTF), una condición que ha sido cada vez más reconocida por neurólogos infantiles durante los últimos años y que requiere un abordaje distinto al de los tics clásicos o el síndrome de Tourette.
El Trastorno de Tics Funcional forma parte de los Trastornos Neurológicos Funcionales (Functional Neurological Disorder, FND). En esta condición, el cerebro no presenta lesiones estructurales ni daño neurológico visible; sin embargo, existe una alteración en el funcionamiento de las redes cerebrales encargadas del control del movimiento y la regulación de la atención y las emociones. En otras palabras, el cerebro está anatómicamente sano, pero algunas de sus conexiones funcionan de manera diferente (Espay et al., 2018; Edwards et al., 2024).
Es importante comprender que los movimientos son reales e involuntarios. El niño no los realiza intencionalmente ni puede detenerlos simplemente con voluntad. Pensar que "lo hace para llamar la atención" o pedirle constantemente que deje de hacerlo suele aumentar la ansiedad y, con ello, la intensidad de los síntomas.
Actualmente se sabe que no existe una única causa. El Trastorno de Tics Funcional aparece por la interacción de diversos factores biológicos, psicológicos y ambientales. El estrés, la ansiedad, el perfeccionismo, la fatiga, los cambios importantes en la vida del niño o dificultades en la regulación emocional pueden actuar como factores desencadenantes o mantener los síntomas en personas con una mayor vulnerabilidad. Esto no significa que el problema sea "solo psicológico", sino que existe una interacción entre el funcionamiento cerebral y las experiencias emocionales.
Una de las diferencias más importantes respecto de los tics primarios es que los tics funcionales suelen comenzar de manera relativamente brusca y pueden asociarse temporalmente a situaciones de estrés o cambios significativos. Por ello, una evaluación realizada por un neurólogo infantil y un psicólogo resulta fundamental para establecer un diagnóstico preciso y diseñar un tratamiento adecuado.
El abordaje recomendado es multidisciplinario. La psicoeducación permite que el niño y su familia comprendan qué está ocurriendo, disminuyendo el miedo y la incertidumbre. Paralelamente, la intervención psicológica ayuda a identificar los factores que mantienen los síntomas, desarrollar estrategias de regulación emocional y reducir la atención excesiva dirigida hacia los tics.
Destaca la Terapia de Reversión del Hábito (Habit Reversal Training, HRT) y componentes de la Comprehensive Behavioral Intervention for Tics (CBIT), intervenciones basadas en evidencia que enseñan al niño a reconocer precozmente los movimientos y desarrollar respuestas alternativas más adaptativas.
La buena noticia es que el pronóstico suele ser favorable. Con un diagnóstico oportuno, apoyo familiar y tratamiento especializado, la mayoría de los niños experimenta una disminución significativa de los síntomas y logra retomar sus actividades habituales con mayor bienestar. El objetivo del tratamiento no es únicamente reducir los tics, sino también fortalecer las habilidades emocionales, disminuir la ansiedad y favorecer un desarrollo saludable.
Referencias
Edwards MJ, et al. (2024). A Practical Review of Functional Neurological Disorder. Practical Neurology.
Espay AJ, et al. (2018). Current Concepts in Diagnosis and Treatment of Functional Neurological Disorders. JAMA Neurology, 75(9), 1132–1141.
Stone J, Carson A, Hallett M. (2016). Functional Neurological Disorder: Diagnosis and Management. Handbook of Clinical Neurology.
American Academy of Neurology. (2019). Practice Guideline Recommendations Summary: Treatment of Tics in People with Tourette Syndrome and Chronic Tic Disorders. Neurology, 92(19), 896–906.


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