La complejidad en la terapia

No solo en el ámbito psicoterapéutico, sino que al conocer a alguien, al interactuar con amigos, familia, amores: “experimentar al otro de cara a su alteridad”

Josefina Prado Bley


La perspectiva de la complejidad parte desde la idea que, como se menciona en Morin (1999), existe una dificultad para obtener un saber total respecto a una situación o aspecto. Es decir, no habría una realidad que se pueda comprender de manera unidimensional. Ser consciente respecto a la complejidad es aceptar que no podemos escapar de la incertidumbre: “la totalidad es la no verdad” (Morin, 1999, p.64).


Un ejemplo de esto más cercano a la cotidianidad, vuelve a una tarde en una clase de Psicología de la Comunicación. Aquí nuestro profesor nos aconsejó que, al momento de leer el texto de Paul Watzlawick “La teoría de la comunicación humana”, no huyeramos de las complejidades del texto, que nos quedáramos en los párrafos difíciles y no cayéramos en autosabotajes o intentos de leer rápido sin enfrentar el desafío. Desde otro ámbito más teórico, se puede mencionar que desde un encuadre psicoanalítico se vuelca el foco hacia el surgimiento de los aspectos inconscientes. En relación a estos últimos es necesario captarlos en su expresión mediante la utilización, por ejemplo, de la técnica de la asociación libre. En este proceso, de una manera u otra aparecerán las resistencias y mecanismos que buscan cuidar al individuo. Uno de los mecanismos es la intelectualización, el cual puede ser relacionado con el acto de “agarrarse del puerto seguro de la razón”.


El papel de la intelectualización o racionalización, en ese sentido, tiene como fin formar un esquema de la realidad que sea coherente y organizado, dejando de lado todo lo que pueda contradecir este sistema categorizándolo como ilusiones o simples apariencias. El dejar de lado estos factores de la subjetividad, recuerda al positivismo y su intención de adentrarse en una metodología causa-efecto. Todo lo que está al alcance de los sentidos sería una “certeza”, considerando todo lo demás como lo “quimérico” o parte de la fantasía. En relación a esto, es interesante tomar esta perspectiva de acumulación de datos e informaciones como una positividad, la cual “conduce a la desintegración de la negatividad del otro” (Han, 2012, p.36).


En la psicoterapia, sería importante dejar de lado la necesidad de llegar a la sesión con preconcepciones o intentos de racionalizar. Esto tanto por parte del paciente como del terapeuta, es decir, en el sentido de que el paciente baje sus defensas para favorecer el surgimiento de aspectos inconscientes, y que el terapeuta comience desde la base de que no conoce la realidad del paciente y que por ello no debería generar suposiciones al respecto. Es decir, posicionarse desde una perspectiva en que estamos frente a una persona con un patrimonio cultural propio, el que hay que escuchar y permitir que se exprese.


No podemos definir a un otro ni neutralizar su alteridad. La posibilidad de generar lo contrario, desde la filosofía de Lévinas, se conceptualiza desde el principio ético de “no matarás” (Navarro, 2008) o no lo dominarás, implicando que fijar o intentar encuadrar a un otro en una forma específica, se relaciona con limitar a este otro y eliminar su capacidad de expresión propia. La dominación se hace presente aquí al imponerse e intentar contener o englobar a un otro. Muy ligado a lo anterior, se define al “rostro” de la persona de manera negativa, es decir, una alteridad que al definirla implicaría “borrar su estatus de “rostro”” (Navarro, 2008, p.180). Un rostro se presenta sin mediaciones, está presente y no está mediado por el lenguaje, sino que es previo a éste.

Son interesantes las posibilidades que puede generar la práctica de adentrarse a la complejidad. No solo en el ámbito psicoterapéutico, sino que al conocer a alguien, al interactuar con amigos, familia, amores: “experimentar al otro de cara a su alteridad” (Han, 2012, p.13). De este modo, y en relación al título del presente, es que esta práctica constante se puede realizar tanto en el ámbito público-profesional como en nuestra cotidianidad, e incluyendo también “el otro” como los aspectos desconocidos de nosotros mismos. Es así que se plantea como una posición política de abordar las situaciones del día a día.

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