La pareja y el encierro


"El vacío o el pegoteo al ser amado pueden hacer surgir sensaciones de angustia, rivalidades nuevas, ansiedad o inhibiciones/depresiones. Estos fenómenos pueden llevar al sujeto a la idea de estar atrapado, como si la vida amorosa ya no fuera guiada por su voluntad y la cuarentena es quién gobierna la relación." Cristóbal Cortázar Morizon.Centro Rumbos

En la clínica nos enfrentamos regularmente a lo que se suele llamar parejas sintomáticas. Esta noción nos sirve para pensar de qué forma la relación con la pareja confronta al sujeto con su propia verdad. Además permite acercarnos a una manera de entender la dificultad para separarse que pueden tener ciertas parejas incluso cuando su entorno y sus propios ideales los han llevado a pensar que lo mejor para ellos es terminar.

A partir de esta idea, es posible aseverar que lo que une a las parejas no necesariamente está comandado por las intenciones del sujeto y lo que este denomina como bienestar. Sino que muchas veces la relación se funda en otro escenario.

Hoy en día nos enfrentamos a lo que se puede denominar como una contingencia forzada. La cuarentena, puede hacer reaparecer ciertos conflictos que hasta el momento se tramitaron de otra forma. Si todos y todas viven el encierro de forma distinta, como mínimo es posible afirmar que se trata del encuentro con una situación nueva, impuesta, que provoca un cambio en nuestras formas de vivir.

Se presenta una nueva cara del ser amado, ya sea a raíz de la presencia constante en el encierro, como del encuentro con el vacío de un lugar que antes era llenado por otro. El vacío o el pegoteo al ser amado pueden hacer surgir sensaciones de angustia, rivalidades nuevas, ansiedad o inhibiciones/depresiones. Estos fenómenos pueden llevar al sujeto a la idea de estar atrapado, como si la vida amorosa ya no fuera guiada por su voluntad y la cuarentena es quién gobierna la relación.

Entonces, ¿De qué forma recuperar las riendas de los conflictos que surgen en nuestra cotidianidad? Es difícil, sino imposible, ubicar la solución única para problemas tan heterogéneos. Tampoco es posible hacer un listado de todas las soluciones existentes, porque hay tantos arreglos como personas. No obstante, si nos enfocamos en el fenómeno de la angustia es posible reconocer ciertas líneas que permitan a cada uno pensar su malestar y en su situación.

La angustia, figurada en su expresión clásica como la “crisis de pánico”, se distingue por su insistencia y sensación de urgencia; este fenómeno se resiste a la solución que pueda ofrecer otro, no responde a la lógica del pensamiento sino que parece una sensación que no tiene nombre, cualidad o límites, sino que se siente en el cuerpo.

Esta sintomatología nos demuestra que la dificultad para encontrar un arreglo que genere bienestar no solo radica en la pluralidad de soluciones posibles, sino que en la dificultad para pensar en uno mismo cuando emerge la sintomatología. Es aquí donde el otro, la pareja, familia, amistad, psicoterapeuta, etc. cobran cierta importancia, no desde lo que puedan ofrecer en términos de intenciones explícitas, sino que a partir de ciertos gestos que movilizan la relación.

Es este otro el que calma, ya sea desde su acercamiento como su alejamiento. A veces sin decir nada, son los gestos de la presencia o la ausencia del otro en los momentos precisos lo que pueden provocar alivio. En este sentido, reconocerse a uno mismo como un sujeto que necesita dirigirse a otro para pensarse a sí mismo, permite acercarnos a la relación de pareja de forma distinta.

No son las intenciones de cada uno las que generan una pareja estable, tampoco se trata de una complementariedad innata. Son los movimientos que el otro provoca en uno, los que generan lazos, también son estos movimientos los que permiten pensarse a uno mismo y aprender a lidiar con nuestro propio malestar.

Centro Rumbos

 Clínico y Multidisciplinario

Psicología, Neuropsicología, Psiquiatría,

Arteterapia, Mindfulness.

Atención niños, adultos, jóvenes y adolescentes

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